Las manos de Ares recorrieron con suavidad su espalda baja, justo el límite entre su ahora más definido trasero, pues la buena alimentación, estaba haciendo lo suyo en ese cuerpo maltrecho, mientras las manos de Pilar, al fin se apoyaban de forma consciente sobre el pecho fornido de Ares, sorprendiéndose que estaba más duro aún que esos primeros días en que los había tocado, claro que sabía que el magnate se ejercitaba a diario, muchas veces lo había escuchado en la habitación del gimnasio, otras tantas lo espió.
Pilar, esperando quizá la voracidad del último encuentro, se sorprendió al encontrarse con la delicadeza impensada de Ares.
El magnate no tenía prisa; más bien, parecía querer grabar en su memoria cada segundo de la cercanía, cada suspiro que les separaba antes del inevitable roce, fue un beso que no buscaba sorprender, sino envolver, atrapar, fue el principio de todo.
Pilar, en esta ocasión, mucho más consciente y entregada, entrecerró los ojos sintiendo cómo la dulzura de A