Desperté envuelta en silencio.
Un silencio espeso, más denso que la niebla del bosque. La luz débil del amanecer se filtraba a través de los tablones de madera que componían el techo de lo que parecía ser una cabaña. Cada fibra de mi cuerpo dolía, pero no era un dolor común. Era como si cada célula estuviera vibrando, transformándose todavía, como si mi piel no estuviera del todo en su lugar.
Intenté incorporarme, pero el peso de mi propio cuerpo me lo impidió. Sentía los músculos más firmes, m