Bajo la luz del día siguiente, la habitación de Gabriele permanecía en completo silencio. Cuando despertó, lo hizo con cierta desgana; sus párpados estaban pesados, las ojeras y bolsas debajo de sus ojos eran evidentes. Todo su cuerpo se sentía adolorido, había una punzada en las caderas y una sensación constante de quemazón en su interior. Cuando intentó moverse, un quejido escapo de sus labios, casi como un susurro ahogado.
Luciano, que no había dormido ni una hora en toda la noche, lo observ