Había pasado una semana. Luciano estaba solo en su oficina, perdido en medio de un trabajo que parecía no tener fin. La luz de la tarde teñía las paredes de dorado, pero él seguía mirando fijamente la pantalla frente a él. Quería adelantar trabajo porque, a las 4 de la tarde, tenía que llevar a Gabriele al psicólogo. Los correos seguían llegando uno tras otro, sin que los abriera, y en media hora tenía una reunión importante.
Una sensación de presión le apretaba la nuca; quería terminar cuanto a