Los días empezaron a mezclarse uno con otro, como hojas que caen en silencio en un bosque donde nadie pasa. Luciano salía temprano, aún con las sombras suaves de la mañana en la casa, y regresaba cuando la noche ya había caído por completo, con los ojos rojos por las pantallas y la camisa arrugada en los codos. Gabriele se quedaba en casa, solo con algunos empleados que caminaban en puntas de pie, como si temieran perturbarlo. Las paredes parecían hablarle, pero no con voces suaves, sino con ec