El avión cortaba el cielo como si partiera la noche en dos, y Luciano no podía dejar de mirar por la ventanilla. Las luces lejanas de las ciudades que dejaban atrás parpadeaban como si alguien encendiera y apagara estrellas. A su lado, Gabriele dormía con la cabeza apoyada en su hombro, tranquilo… o eso parecía. Luciano bajó la mirada y lo observó en silencio por un buen rato, con una mezcla de ternura y miedo.
—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto? —susurró, sin estar seguro si hablaba para