Pasaron dos días desde aquel encuentro difícil en la casa de los Di Lucca, donde, contra todo pronóstico, la familia de Gabriele decidió aceptar y apoyar su relación con Luciano. Por petición de él, Gabriele se quedó a vivir en casa de sus padres, un lugar más tranquilo y seguro, lejos del alboroto de periodistas y curiosos. Allí, al fin, pudo descansar en paz, sin miedo, arropado en la calidez del hogar.
Pero esa calma no duró mucho. La mañana del tercer día, el teléfono de Luciano empezó a so