CAPITULO 34

La biblioteca de la mansión en Maine se había convertido, por necesidad, en el epicentro de nuestra nueva realidad, el aire allí olía a papel viejo, cera de abejas y al aroma penetrante del café que Aiden preparaba a ráfagas. Me encontraba sentada tras el escritorio de caoba maciza, observando cómo la luz del atardecer se filtraba por las vidrieras, proyectando patrones geométricos sobre las alfombras persas.

​Llevaba puesto un pantalón sastre de lana negra y una camisa de seda color burdeos, c
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