La biblioteca de la mansión en Maine se había convertido, por necesidad, en el epicentro de nuestra nueva realidad, el aire allí olía a papel viejo, cera de abejas y al aroma penetrante del café que Aiden preparaba a ráfagas. Me encontraba sentada tras el escritorio de caoba maciza, observando cómo la luz del atardecer se filtraba por las vidrieras, proyectando patrones geométricos sobre las alfombras persas.
Llevaba puesto un pantalón sastre de lana negra y una camisa de seda color burdeos, c