La biblioteca de la mansión en Maine se había convertido, por necesidad, en el epicentro de nuestra nueva realidad, el aire allí olía a papel viejo, cera de abejas y al aroma penetrante del café que Aiden preparaba a ráfagas. Me encontraba sentada tras el escritorio de caoba maciza, observando cómo la luz del atardecer se filtraba por las vidrieras, proyectando patrones geométricos sobre las alfombras persas.
Llevaba puesto un pantalón sastre de lana negra y una camisa de seda color burdeos, con los puños remangados, mis manos, apoyadas sobre una serie de expedientes digitales, ya no buscaban el pulso de la Red, sino la solidez de los hechos. Frente a mí, Alexander revisaba una serie de mapas topográficos del perímetro, vestía un jersey de punto grueso color carbón y unos vaqueros oscuros; su presencia era un ancla física en una habitación que se sentía cada vez más cargada de una energía que no podíamos ver, pero que todos sentíamos.
—Maya dice que el chico lleva dos horas esperand