El otoño en Maine tiene una forma cruel de recordarte que todo lo que florece debe, eventualmente, morir o transformarse. Esa mañana, la niebla era tan espesa que parecía haber borrado el océano del mapa, dejando nuestra casa flotando en un vacío blanco y silencioso.
Me encontraba en el solárium, una habitación que Alexander había reformado para mí el año pasado, es un espacio de cristal y hierro forjado, lleno de helechos que cuelgan del techo y alfombras de lana persa que amortiguan el eco d