El otoño en Maine tiene una forma cruel de recordarte que todo lo que florece debe, eventualmente, morir o transformarse. Esa mañana, la niebla era tan espesa que parecía haber borrado el océano del mapa, dejando nuestra casa flotando en un vacío blanco y silencioso.
Me encontraba en el solárium, una habitación que Alexander había reformado para mí el año pasado, es un espacio de cristal y hierro forjado, lleno de helechos que cuelgan del techo y alfombras de lana persa que amortiguan el eco de mis pasos. Llevaba puesto un pantalón de seda negro y una blusa de lino color marfil, de cuello alto, que ocultaba la pequeña cicatriz en la base de mi cuello donde una vez el puerto de enlace neural intentó echar raíces. En mi regazo descansaba una tableta de datos que Aiden me había entregado esa misma mañana, no era tecnología de Luna Corp; era algo nuevo, orgánico, que respondía al calor de mi piel.
—Elena, ya está aquí —la voz de Alexander me sacó de mi ensimismamiento.
Él estaba apoyad