El estuche de transporte de alta seguridad pesaba más de lo que sus dimensiones sugerían, no era un peso físico, era la gravedad moral de llevar el fantasma de mi padre encerrado en una matriz de cuarzo y grafeno. Sentada en el asiento trasero del todoterreno blindado, observaba cómo los pinos de las Adirondacks desfilaban como centinelas sombríos a través del cristal reforzado, el invierno se negaba a morir; una cellisca fina golpeaba el vehículo, creando un sonido metálico que erizaba los vellos de mis brazos.
Llevaba puesto mi traje de expedición de alta montaña: una chaqueta técnica de color azul medianoche con refuerzos de aramida y unos pantalones de combate térmicos. Mis botas estaban ajustadas hasta el último ojal, listas para el terreno traicionero que rodeaba la cima de la Cresta Blanca. En mi cuello, el colgante de la Luna Negra se sentía frío, un recordatorio de que, aunque la Red estaba apagada, el legado de mi sangre seguía latiendo en mi interior.
Alexander conducía,