El café en mi taza estaba frío, pero no me importaba, había pasado las últimas seis horas frente a la consola principal de la torre de vigilancia, observando cómo la línea roja que Aiden descubrió ayer pulsaba con la regularidad de un respirador artificial, el eco de Ginebra no era una falla técnica; era una llamada.
Llevaba puesto un conjunto de punto en color carbón, suave pero lo suficientemente ceñido para no estorbarme si tenía que moverme rápido, mis pies estaban descalzos sobre la alfom