El aire de las Adirondacks me recibió con la caricia gélida de un viejo amigo que conoce todos mis secretos. Al bajar de la aeronave, mis pulmones, aún irritados por el aire viciado de la torre amazónica y la humedad asfixiante de la selva, protestaron ante la pureza del invierno.
Caminaba con una cojera sutil que intentaba ocultar a Silas, mi traje táctico de jungla estaba hecho jirones en las rodillas y el hombro, manchado con una mezcla de barro rojizo y ese fluido plateado que emanaba de l