El aire de las Adirondacks me recibió con la caricia gélida de un viejo amigo que conoce todos mis secretos. Al bajar de la aeronave, mis pulmones, aún irritados por el aire viciado de la torre amazónica y la humedad asfixiante de la selva, protestaron ante la pureza del invierno.
Caminaba con una cojera sutil que intentaba ocultar a Silas, mi traje táctico de jungla estaba hecho jirones en las rodillas y el hombro, manchado con una mezcla de barro rojizo y ese fluido plateado que emanaba de la tecnología primordial. Me sentía vacía, drenada de una forma que ni el sueño más profundo podría reparar, pero en mi mano derecha, envuelto en un paño de seda que antes fue parte de mi forro térmico, llevaba el fragmento negro. Estaba inerte, frío como un cadáver, pero su peso era desproporcionado a su tamaño; era como cargar con un ancla hacia el pasado.
Alexander me esperaba en la pista, bajo la luz mortecina de las balizas, no corrió hacia mí, se quedó allí, con las manos en los bolsillos