La atmósfera dentro de la mansión se había vuelto eléctrica, y no era una metáfora, el aire sabía a ozono y a hierro, una señal inequívoca de que la realidad se estaba tensando hasta el punto de ruptura. Me encontraba en la sala de mando del subsuelo, un búnker de hormigón y plomo que habíamos construido bajo los cimientos originales de la casa Blackwood.
Llevaba puesto un traje de combate táctico de alta densidad en color negro mate, reforzado con placas de fibra de carbono en el pecho y los antebrazos. Sobre el traje, me había colocado un arnés técnico cargado con viales de suero estabilizador y el fragmento negro, que ahora residía en un contenedor de inducción magnética sujeto a mi cadera, mi cabello estaba recogido en un moño funcional, pero algunos mechones rebeldes se pegaban a mi frente por el sudor. A pesar del aire acondicionado, la temperatura en la sala estaba subiendo.
—Elena, la interferencia está aumentando, ya no es solo la Red; es un pulso dirigido —dijo Leo, sin ap