La atmósfera dentro de la mansión se había vuelto eléctrica, y no era una metáfora, el aire sabía a ozono y a hierro, una señal inequívoca de que la realidad se estaba tensando hasta el punto de ruptura. Me encontraba en la sala de mando del subsuelo, un búnker de hormigón y plomo que habíamos construido bajo los cimientos originales de la casa Blackwood.
Llevaba puesto un traje de combate táctico de alta densidad en color negro mate, reforzado con placas de fibra de carbono en el pecho y los