El regreso a las Adirondacks no fue el desfile triunfal que Alexander esperaba. El jet aterrizó en medio de una ventisca que parecía querer imitar el castigo de Svalbard, como si el frío nos hubiera seguido desde el Círculo Polar para recordarnos que el hielo ahora formaba parte de nuestra identidad.
Bajé de la aeronave sintiendo cada centímetro de mi cuerpo como si estuviera hecho de cristal vibrante. La conexión con el portal, ese vínculo permanente que acepté en la terminal de Hécate, se manifestaba como un murmullo constante bajo mi piel, un zumbido de baja frecuencia que me permitía sentir la posición exacta de cada ser vivo en un radio de cinco kilómetros.
Llevaba puesta una túnica de lana gruesa en color gris humo sobre mi traje táctico; no me había molestado en cambiarme. Mis manos, aún vendadas con apósitos regenerativos de Luna Corp, temblaban ligeramente, no de debilidad, sino de exceso de energía.
Alexander me sostuvo mientras caminábamos hacia la entrada de la mansión.