El regreso a las Adirondacks no fue el desfile triunfal que Alexander esperaba. El jet aterrizó en medio de una ventisca que parecía querer imitar el castigo de Svalbard, como si el frío nos hubiera seguido desde el Círculo Polar para recordarnos que el hielo ahora formaba parte de nuestra identidad.
Bajé de la aeronave sintiendo cada centímetro de mi cuerpo como si estuviera hecho de cristal vibrante. La conexión con el portal, ese vínculo permanente que acepté en la terminal de Hécate, se ma