CAPITULO 20

El frío de Svalbard no es algo que se pueda describir con números, No importa si el termómetro marca treinta o cuarenta grados bajo cero; es una presencia física que te muerde la piel a través de las capas de ropa y te congela los pensamientos antes de que logren salir de tu boca.

​Estaba de pie en la rampa de carga de nuestro Hércules C-130 reforzado, observando cómo la ventisca devoraba la pista de aterrizaje de Longyearbyen, Llevaba puesto un traje térmico de expedición táctica, una maravilla de la ingeniería de Luna Corp en color blanco ártico. Estaba compuesto por fibras de grafeno que distribuían el calor corporal de manera uniforme, pero aun así, sentía un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima. Sobre el traje, cargaba un arnés de cuero endurecido donde descansaban viales de suero estabilizador y mi pistola de pulsos de frecuencia corta. Mi cabello estaba oculto bajo un pasamontañas técnico, dejando solo mis ojos a la vista; unos ojos que, tras la batalla en la mansi
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