Siete años de paz pueden ser la droga más peligrosa para un depredador. La quietud tiene una forma engañosa de adormecer los sentidos, de hacernos creer que las cicatrices son solo tejido muerto y no recordatorios de que la piel puede volver a rasgarse.
Me encontraba en el ala oeste de la sede central de Luna Corp en Ginebra. El despacho era un despliegue de poder minimalista: paredes de cristal blindado que daban a los Alpes suizos, muebles de obsidiana pulida y una iluminación cenital que parecía descender directamente del cielo. Llevaba un traje sastre de tres piezas en color gris acero, de una seda tan densa que se sentía como una armadura. Mis zapatos de tacón de aguja resonaban rítmicamente contra el suelo de piedra volcánica mientras caminaba de un lado a otro, sosteniendo una tablet transparente que mostraba fluctuaciones térmicas en el Ártico.
A mis treinta y siete años, mi reflejo en el cristal me devolvía la imagen de una mujer que ya no solo gobernaba una empresa, sino q