El amanecer tras la derrota de Margaret no trajo la calma que esperaba, sino una claridad inquietante. Me desperté antes de que el sol lograra perforar la niebla de las montañas, sintiendo un zumbido sutil en la base de mi cráneo. No era dolor; era una vibración, una sintonía con los portales que solo se manifestaba cuando algo grande estaba por cambiar.
Me levanté de la cama con cuidado de no despertar a Alexander. Él dormía de lado, con el brazo derecho extendido hacia mi lugar, incluso en s