Scott cierra los ojos. Su espalda se encorva. Esa frase lo atraviesa como un cuchillo. Pero no responde. Termina de guardar sus cosas y baja con el bolso al hombro. Algo anda mal.
Pamela lo sigue, llorando en silencio. Sus lágrimas caen al suelo de mármol como gotas de lluvia en invierno. Cuando Scott abre la puerta, se detiene un momento y la mira por última vez.
—Te llamaré mañana. Por favor no cometas ninguna locura—dice con voz ronca.
Y se va, dejando atrás el sonido desgarrador de su llant