Dos días después, el aire del amanecer en México olía a agave y tierra mojada. Julieta organizó la mesa del desayuno junto a Valentina, mientras Aura correteaba con su vestido rosa claro y sus sandalias nuevas.
Scott, aún con vendajes en la pierna, se levantó al escuchar el sonido de un motor afuera. Miró por la ventana y sintió el corazón latirle con fuerza al ver un sedán negro de lujo estacionarse frente a la casa.
—¿Quién es? —preguntó Julieta, asomándose a su lado.
—Mis padres… —dijo él