La mesa estaba servida con una perfección casi teatral. El mantel blanco, las copas de cristal alineadas, los cubiertos brillando bajo la luz cálida del candelabro. Vicky se sentó frente a Rodrigo, con Tory al medio, como si la niña fuera el puente que los unía y a la vez la frontera que los separaba.
El aroma de los platos recién servidos apenas la alcanzaba; su apetito estaba sepultado bajo un nudo de nervios y rencor. Tory, en cambio, no tardó en probar la sopa con una sonrisa satisfecha.
—¡