Al llegar al hotel, las camionetas se estacionaron frente al vestíbulo como si se tratara de la llegada de un dignatario extranjero. El gerente general aguardaba en la entrada, flanqueado por varios empleados, todos alineados con un rictus tenso en el rostro.
—Señores Falcone… —atinó a decir.
—No digas nada y llévanos adentro.
La voz del patriarca no admitía réplica. No era momento de cortesías.
—S-sí, señor. Por favor, acompáñenme.
El tono del gerente dejaba entrever el temor que lo dominaba,