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Capítulo 6: En secreto de la Noche

El estruendo de la ciudad parecía haber subido de decibelios para Dante esa mañana. Sentado en el borde de su mesa de trabajo, contemplaba la onda de sonido capturada en su pantalla: un relieve escarpado de picos y valles que representaba la lucha entre el violín de Valeria y sus sintetizadores. Había algo en esa frecuencia que lo perturbaba. No era solo música; era una confesión. Se pasó la mano por la nuca, sintiendo la tensión acumulada. "Es solo un trabajo", se repetía, pero el eco del violín en su cabeza decía lo contrario. La forma en que ella lo había mirado al final del ensayo —con esa mezcla de pavor y hambre— lo perseguía. Por primera vez en años, Dante sentía que no tenía el control total del "ruido".

Valeria, por su parte, se movía por el conservatorio como una sonámbula. La cena con Julian había sido un ejercicio de resistencia. Cada vez que él mencionaba el "prestigio" o la "pureza del arte", ella sentía una náusea física. En su mente, solo se repetía el pulso industrial que Dante había inyectado en sus venas. Al entrar en la Sala 4, lo encontró allí, rodeado de cables, con una expresión que por fin coincidía con la suya: la de alguien que ha pasado una noche en vela peleando con fantasmas.

—Hoy no quiero Bach —soltó Dante sin preámbulos, apenas ella cerró la puerta—. Ni Paganini, ni nada que tenga una partitura escrita hace doscientos años.

Valeria dejó su estuche con lentitud, procesando la agresividad en su voz.

—¿Y entonces qué pretendes que haga? No soy una improvisadora de jazz, Dante. Mi mundo se basa en la estructura.

—Pues vamos a romper la estructura —él se acercó, entregándole un par de auriculares de estudio—. He creado una base. Es solo una textura, un ambiente. Quiero que cierres los ojos y que respondas a lo que oyes. No pienses en notas, piensa en lo que sentiste anoche cuando Julian te hablaba de patrocinadores mientras tú solo podías pensar en lo que grabamos aquí.

Valeria se tensó. El hecho de que él pudiera leerla con tanta precisión la hacía sentir desnuda. Sin embargo, aceptó los auriculares. Al ponérselos, el mundo exterior desapareció. Lo que escuchó fue un sonido etéreo, como el viento rozando cables de alta tensión, un zumbido melancólico y profundo que parecía llamarla desde un lugar oscuro.

Levantó el violín. Al principio, sus dedos dudaron. Tocó una nota larga, un Mi sostenido que vibró con timidez. Dante, desde su consola, empezó a manipular el sonido, devolviéndole su propia nota con un retraso que creaba una armonía fantasmagórica. Valeria cerró los ojos. Se olvidó de la postura, de la técnica del arco, de la mirada de su abuelo en los retratos del conservatorio. Empezó a tocar una melodía quebrada, llena de saltos inesperados y disonancias que habrían hecho sangrar los oídos de sus profesores.

Dante sentía la electricidad en el aire. No estaba mirando la pantalla; la miraba a ella. Valeria se movía con una libertad salvaje, el arco volando sobre las cuerdas como si estuviera tratando de cortar el aire. El sonido era desgarrador, una mezcla de elegancia clásica y desesperación urbana. En un momento de intensidad máxima, Dante introdujo un ritmo de percusión metálica que golpeaba como un martillo. Valeria respondió con una serie de trinos frenéticos, sus dedos moviéndose con una velocidad que desafiaba la lógica.

La música subió de tono, una espiral ascendente de deseo y frustración que parecía que iba a hacer estallar los cristales de la sala. Estaban comunicándose a un nivel que las palabras nunca alcanzarían. Era una pelea y un abrazo al mismo tiempo. Cuando el ritmo cesó y Valeria arrastró el arco por última vez, el silencio que quedó fue casi doloroso.

Ella se quitó los auriculares, con el cabello ahora completamente deshecho y la respiración entrecortada. Dante estaba a solo unos pasos, su mirada cargada de una chispa que ya no intentaba ocultar.

—Eso... —susurró Valeria, con los labios temblando— no tenía nombre.

—No lo necesita —respondió Dante. Se acercó un poco más, rompiendo esa barrera invisible que Julian siempre respetaba por protocolo—. Se llama honestidad, Valeria. Y es la razón por la que tienes tanto miedo de estar en esta habitación conmigo.

Valeria no retrocedió. Por el contrario, levantó la barbilla, sosteniendo su mirada con una valentía que no sabía que poseía. La química entre ellos ya no era una metáfora musical; era una fuerza física, una frecuencia de deseo que amenazaba con reducir a cenizas todo lo que conocían. En ese momento, el mundo exterior, con sus contratos y sus cenas de gala, no era más que ruido blanco de fondo. Lo único real era el calor que emanaba de ambos en el centro de la Sala 4.

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