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Capítulo 3: La Resonancia del Caos

Valeria terminó el Capricho n° 24 de Paganini con un movimiento de arco tan violento que el aire pareció restallar. La última nota, un Re sobreagudo, quedó suspendida en la acústica de la Sala 4 como un cristal a punto de romperse. Su pecho subía y bajaba rítmicamente, el mechón que se había soltado de su moño ahora bailaba sobre su frente, y por primera vez en años, sentía que sus mejillas ardían. No era solo el esfuerzo físico; era la mirada de Dante, que no se había apartado de ella ni un solo segundo.

Se hizo el silencio, pero no era el silencio cómodo del estudio. Era una calma cargada de estática, similar a la que precede a una tormenta eléctrica. Valeria bajó el violín y, sin mirar a Dante, utilizó la manga de su blusa para limpiar una gota de sudor inexistente.

—Eso —dijo ella, con la voz todavía algo entrecortada— es música. Eso es dominio. Es algo que no puedes replicar con una computadora o un sintetizador de plástico. Es la culminación de siglos de evolución humana.

Dante se separó lentamente de la pared de espejos. Sus botas resonaron contra el suelo mientras caminaba hacia ella, rodeando el piano como un depredador que evalúa a su presa. Sus ojos oscuros viajaron desde el instrumento hasta los ojos de Valeria, y por un instante, ella vio algo que no esperaba: respeto. Pero fue fugaz, reemplazado rápidamente por esa ironía defensiva que él usaba como armadura.

—Es un truco de circo impresionante, princesa —dijo Dante, deteniéndose justo en el borde de su espacio personal—. Tienes unos dedos que parecen de otro planeta. Pero déjame decirte algo sobre tu "evolución humana". Paganini era el rockstar de su época. La gente decía que había vendido su alma al diablo porque tocaba con una pasión que daba miedo. Tú... tú tocas como si estuvieras tratando de no mancharte el vestido.

Valeria apretó el arco con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

—¿Cómo te atreves? He dedicado mi vida entera a entender la intención de los compositores.

—La intención —Dante soltó una risa nasal, burlona—. La intención de Bach o de Paganini no era que una chica rica en una sala con espejos tocara cada nota perfectamente afinada mientras piensa en qué va a cenar. Querían que la gente sintiera que el mundo se estaba acabando. Querían sudor, querían sangre, querían algo que te hiciera vibrar los huesos. Lo que tú haces es embalsamar la música. Es preciosa, sí. Pero está muerta.

—La música es orden, Dante —replicó ella, dando un paso adelante, acortando la distancia hasta que pudo oler de nuevo ese aroma a tabaco y café que, extrañamente, ya no le resultaba tan repulsivo—. Sin orden, solo hay ruido. Lo que tú haces es tomar el caos del mundo y darle volumen. No hay belleza en el caos, solo confusión.

—En el caos es donde sucede la vida, Valeria —Dante bajó la voz, y su tono se volvió más profundo, casi magnético. Se inclinó un poco hacia ella, y Valeria pudo ver una pequeña cicatriz cerca de su labio—. El orden es para los que tienen miedo de sentir. Tú te escondes detrás de esas partituras porque te da terror que, si sueltas una nota falsa, alguien descubra que debajo de esa seda hay una mujer de verdad, no una muñeca de porcelana.

Sus miradas se entrelazaron en un duelo silencioso. Por un segundo eterno, la discusión musical desapareció. Valeria sintió un chispazo eléctrico que le recorrió la columna, una atracción gravitacional que la empujaba hacia ese hombre que representaba todo lo que ella despreciaba. Vio cómo las pupilas de Dante se dilataban ligeramente mientras su mirada bajaba por un instante a los labios de ella antes de volver a sus ojos. Había un interés crudo, una curiosidad salvaje que la hacía sentir más viva que cualquier concierto en el Royal Albert Hall.

Dante, por su parte, sintió que el ritmo de su propio corazón se desincronizaba. Había algo en la terquedad de Valeria, en la forma en que sus ojos de acero destellaban de rabia y algo más, que lo fascinaba. No era solo una "princesa"; era un incendio contenido en un frasco de cristal, y de repente, tuvo una necesidad imperiosa de romper el frasco para ver qué pasaba.

Estaban tan cerca que el aire entre ellos parecía vibrar con una frecuencia inaudible, una nota que ninguno de los dos podía nombrar.

—¿Y tú qué sabes de lo que soy yo? —susurró Valeria, con un hilo de voz que no sabía que tenía.

—Lo suficiente para saber que te mueres por gritar —respondió él, con una sonrisa ladeada que era casi un desafío.

El pesado portazo de la Sala 4 rompió el hechizo como un mazo golpeando un espejo. Ambos se separaron de un salto, recuperando la distancia de seguridad con una torpeza impropia de sus personalidades.

Julian Vane entró en la sala con su habitual paso medido y elegante. Vestía un abrigo de cachemira oscuro y sostenía unos guantes de piel en la mano. Su mirada gélida recorrió a ambos, deteniéndose un segundo de más en el cabello desordenado de Valeria y en la postura defensiva de Dante.

—Espero que esta... reunión —Julian pronunció la palabra con un matiz de asco— esté siendo productiva. Los patrocinadores me preguntan cada hora por el progreso de la "fusión".

Valeria se aclaró la garganta y se apresuró a recoger el mechón de pelo rebelde, colocándolo tras su oreja con manos temblorosas.

—Estamos... estableciendo los términos del lenguaje musical que vamos a utilizar, Julian. Es un proceso complejo.

Julian se acercó a Valeria y le puso una mano en el hombro, un gesto que pretendía ser posesivo pero que a ella le pareció frío y opresivo.

—Confío en ti, Valeria. Eres la cara de esta institución. No permitas que el "ruido" de otros nuble tu juicio técnico. —Luego, Julian se giró hacia Dante, mirándolo como si fuera una mancha de humedad en una pared de mármol—. Y usted, señor Vega, espero que entienda que aquí no estamos en uno de sus clubes nocturnos. Aquí se busca la excelencia, no la distorsión.

Dante se colgó la mochila al hombro y soltó una carcajada que resonó en los techos altos, una risa que desafiaba abiertamente la autoridad de Julian.

—Descuida, director. Me estoy asegurando de que tu "excelencia" aprenda lo que significa tener un pulso de verdad. Por ahora, solo estamos afinando los instrumentos.

Dante miró a Valeria una última vez antes de caminar hacia la salida. Fue una mirada rápida, cargada de una chispa de complicidad involuntaria, como si ambos compartieran un secreto que Julian jamás podría entender. Valeria sintió que el lugar donde Dante la había mirado seguía ardiendo.

—Mañana a la misma hora, princesa —dijo Dante desde la puerta, sin mirar atrás—. Trae algo de Bach. Voy a enseñarte a destruirlo para que podamos reconstruirlo de verdad.

La puerta se cerró, dejando a Valeria a solas con Julian y con un silencio que, por primera vez en su vida, se sentía vacío y asfixiante. Su prometido seguía hablando sobre presupuestos y marketing, pero ella solo podía escuchar el eco de la risa de Dante y sentir la extraña, peligrosa y vibrante electricidad que seguía flotando en la Sala 4.

La química había comenzado su reacción, y nada, ni siquiera Julian Vane, podría detenerla.

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