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Capítulo 2: La Sala de los Espejos

La Sala de Ensayos Número 4 no era una habitación cualquiera. Era un espacio de techos altísimos decorados con molduras de escayola que recordaban a una época en la que la música se escribía a la luz de las velas. Tres paredes estaban cubiertas por espejos de cuerpo entero, diseñados para que los músicos pudieran corregir cada milímetro de su postura, y la cuarta era un ventanal inmenso que daba a un jardín interior donde los sauces llorones parecían inclinarse con reverencia. El suelo de roble encerado brillaba tanto que Valeria podía ver su propio reflejo bajo sus pies.

Valeria entró exactamente a las 10:00. No había nadie. El silencio era absoluto, roto únicamente por el suave clic de sus tacones sobre la madera. Dejó el estuche de su violín sobre el piano de cola Steinway que presidía el centro de la sala. Se quitó la chaqueta de su traje sastre, revelando una blusa de seda impecable, y comenzó a preparar su espacio de trabajo.

Había algo ritualista en su forma de moverse. Sacó el atril plegable, lo ajustó a la altura exacta de sus ojos y colocó las partituras de la sonata que Julian le había ordenado "modernizar". Luego, abrió el estuche del violín. El olor a resina y madera antigua inundó sus sentidos, un aroma que para ella significaba seguridad. Tensó el arco, aplicando la colofonia con movimientos lentos y circulares, asegurándose de que cada cerda de crin de caballo estuviera perfectamente cubierta.

Comenzó a afinar. La, Re, Sol, Mi. Las notas vibraron en la acústica perfecta de la sala, puras y cristalinas. Valeria cerró los ojos y tocó una escala de tres octavas. Sus dedos se movían con una eficiencia aterradora. Para ella, la música era un edificio de cristal: si una sola pieza no encajaba, toda la estructura se desmoronaba. Estaba en medio de un arpegio complejo cuando el silencio del conservatorio fue violado.

Dante Vega no sabía dónde estaba la Sala 4, y francamente, no le importaba. Caminó por los pasillos del conservatorio con su chaqueta de cuero crujiendo y sus botas de motociclista dejando marcas de goma en el suelo impecable. Ignoró las miradas de los estudiantes de primer curso, que lo observaban como si fuera un bárbaro que acababa de saltar las murallas de una ciudad sagrada.

Se detuvo frente a una máquina de café en el pasillo, solo para confirmar que era de esas que servían un líquido marrón pretencioso en vasos de cartón demasiado pequeños. No la usó. Sacó su petaca, tomó un trago corto de bourbon para entumecer el fastidio que sentía y siguió caminando hasta que escuchó el sonido de un violín.

No era cualquier sonido. Era técnico, era rápido, era... perfecto. Y por eso mismo, a Dante le dio náuseas. Le recordaba a un examen de matemáticas.

Sin llamar, empujó la pesada puerta de roble de la Sala 4. El chirrido de las bisagras cortó la nota más alta de Valeria como una guillotina.

Dante entró en la sala con la mochila colgada de un solo hombro y el casco de la moto en la mano. Se detuvo en seco, recorriendo con la mirada los espejos y las molduras. Soltó un silbido largo y bajo que resonó en toda la estancia.

—Vaya —dijo, con una voz ronca que parecía arrastrar arena—. Me habían dicho que venía a un conservatorio, no al palacio de Versalles. ¿Dónde están los sirvientes con las pelucas empolvadas?

Valeria bajó el violín lentamente. Sus ojos, del color del acero frío, se clavaron en el hombre que acababa de profanar su santuario. Lo recorrió de arriba abajo: el cabello revuelto, la camiseta de una banda de la que nunca había oído hablar, el olor a tabaco y gasolina que empezaba a arruinar el aroma de su resina.

—Llegas tarde —dijo ella. Su voz era un susurro gélido—. Y asumo que eres el "productor" que el sello ha enviado. Aunque, por tu aspecto, parece que te has equivocado de edificio buscando un concierto de rock de mala muerte.

Dante soltó una carcajada seca y dejó caer su mochila sobre el banco de seda del piano de cola, justo al lado del estuche de Valeria. Ella contuvo un jadeo de indignación cuando vio que el metal de las cremalleras de la mochila rozaba el cuero de su estuche.

—Y tú debes de ser la princesa de las partituras —replicó Dante, acercándose a ella sin respetar el espacio personal—. Valeria, ¿verdad? Te vi en YouTube. Tocas muy bien, muñeca. Tienes una técnica de miedo. Lástima que toques como si estuvieras muerta por dentro.

Valeria sintió que la sangre le subía a las mejillas. Nadie, en toda su carrera, se había atrevido a hablarle así. Ni siquiera Julian.

—Mi nombre es Valeria Santoro —corrigió, tensando la mandíbula—. Y no recuerdo haber pedido la opinión de alguien que probablemente no sepa leer una clave de Fa. Este es un lugar de trabajo serio. Si vas a quedarte, te sugiero que guardes ese casco y mantengas la distancia. Tenemos un álbum que grabar, por muy ridícula que me parezca la idea.

Dante arqueó una ceja, divertido por la resistencia de la mujer. Se acercó al atril y echó un vistazo a las partituras.

—¿Bach? ¿En serio? —Dante resopló—. Bach es genial, pero esto ya se ha hecho un millón de veces. Lo que ellos quieren es que yo le ponga "alma" a esto. O lo que es lo mismo: quieren que deje de sonar a museo y empiece a sonar a vida.

—Lo que tú llamas "vida", yo lo llamo ruido —espetó Valeria, dando un paso hacia adelante. Ahora estaban a menos de un metro de distancia. Ella podía ver la sombra de la barba de dos días en el rostro de Dante; él podía oler el perfume ligero y caro de ella, algo que olía a flores blancas y control absoluto—. Julian dice que tu presencia es necesaria para el mercado, pero yo no voy a permitir que destruyas la integridad de estas composiciones con tus ritmos de discoteca.

—Julian —Dante repitió el nombre con burla—. El tipo del palco. El que te mira como si fueras un caballo de carreras. ¿Él es el que decide qué es "ruido"? —Dante estiró la mano y, antes de que Valeria pudiera reaccionar, rozó una de las cuerdas del violín con el dedo. La nota desafinada sonó como un lamento en la sala—. Escucha eso, Valeria. Eso es una imperfección. Y la imperfección es lo único que hace que la música sea humana.

Valeria apartó el violín con un movimiento brusco, como si él hubiera intentado quemarla. Su corazón latía con una fuerza inusual, y no era solo por la rabia. Había algo en la mirada de Dante, una intensidad salvaje y sin filtros, que la hacía sentirse expuesta.

—No vuelvas a tocar mi instrumento —advirtió ella, su voz temblando ligeramente por primera vez—. Y no te equivoques. Tú trabajas para mi proyecto. Tú eres la herramienta, no el arquitecto.

Dante se cruzó de brazos, apoyándose contra la pared de espejos. En el reflejo, se veían los dos: ella, una figura de orden y luz; él, una mancha de sombra y caos.

—Eso es lo que tú crees, princesa —dijo él, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Pero para cuando terminemos, no vas a reconocer ni tus propias notas. Ahora, saca ese palo que tienes por columna vertebral de ahí y enséñame lo que tienes. Vamos a ver si hay algo real bajo toda esa seda.

Valeria inhaló profundamente. Sabía que Julian la observaba desde algún lugar, o que al menos esperaría un informe detallado. Sabía que el teatro dependía de esta unión antinatural. Levantó el arco, su mano ahora perfectamente firme de nuevo.

—Muy bien, "D-Zero" —dijo ella, usando su nombre artístico como si fuera un insulto—. Escucha con atención. Dudo que vuelvas a oír algo así en tu vida.

Valeria comenzó a tocar. No Bach, sino algo más difícil, la n° 24 un capricho de Paganini, lleno de saltos imposibles y dobles cuerdas. Quería humillarlo, quería demostrarle que su mundo era inalcanzable para alguien como él.

Dante no se movió. Se quedó allí, observándola. Sus oídos de productor empezaron a desmenuzar el sonido, pero sus ojos se quedaron fijos en la forma en que el cuello de Valeria se tensaba y cómo un solo mechón de su moño perfecto empezaba a soltarse.

La química no fue una explosión de luz. Fue un tirón invisible en el estómago de ambos. El odio estaba ahí, palpable y denso, pero bajo el odio, como una frecuencia subsónica que solo ellos podían sentir, algo más empezó a vibrar.

El primer ensayo acababa de empezar, y el aire en la Sala 4 ya no era suficiente para los dos.

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