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Capítulo 5: Ecos de una Frecuencia Inesperada

Valeria miró la pantalla de su teléfono con una sensación de irrealidad. El nombre de Julian parpadeaba con una insistencia que, por primera vez en años, le resultó intrusiva. Con los dedos todavía vibrando por la tensión de las cuerdas, escribió una respuesta rápida, confirmando su asistencia a la cena en el club privado. Guardó el dispositivo en su bolso con un movimiento mecánico, evitando mirar a Dante directamente. Sin embargo, el silencio que los rodeaba ahora no era el vacío absoluto de antes; era un espacio denso, saturado por el rastro del "Trino del Diablo" distorsionado que aún parecía rebotar en los espejos.

—Tengo que irme —dijo ella, con una voz que intentaba recuperar su barniz de profesionalismo, aunque fallaba sutilmente al final de la frase—. Julian me espera para una cena institucional. Los patrocinadores quieren detalles.

Dante se apoyó contra la mesa de mezclas, cruzando los brazos sobre el pecho. La observó mientras ella guardaba el violín con una delicadeza que ahora le parecía una forma de autodefensa. No se burló de ella, ni soltó ningún comentario sarcástico sobre la "vida de palacio". Simplemente asintió, con una mirada que parecía leer a través de la blusa de seda y el moño que volvía a estar en su sitio.

—Ve a tu cena, princesa —respondió él, con un tono extrañamente suave—. Pero no te engañes. Lo que acaba de pasar aquí no se va a ir con un poco de vino caro y charlas de negocios. Tu violín todavía está gritando.

Valeria no respondió. Se dio la vuelta y salió de la sala con el paso rápido, pero mientras caminaba por los pasillos de mármol del conservatorio, no escuchaba el eco de sus propios tacones. En su cabeza, el pulso oscuro que Dante había creado se repetía en un bucle infinito, encajando a la perfección con el ritmo de su propio corazón.

Dos horas más tarde, Valeria se encontraba sentada frente a Julian en un restaurante donde la cubertería de plata brillaba bajo luces tenues y estudiadas. Julian hablaba sobre las proyecciones de ventas y la importancia de mantener la "pureza estética" frente a los inversores. Ella asentía en los momentos adecuados, pero su mente estaba a kilómetros de distancia. Mientras Julian cortaba su filete con precisión quirúrgica, Valeria recordaba la forma en que los dedos tatuados de Dante se movían sobre los controles. Se sorprendió a sí misma apretando el tenedor como si fuera su arco, buscando desesperadamente esa sensación de libertad caótica que había experimentado en la Sala 4. La perfección de la cena, el orden de la conversación y la mirada gélida de su prometido empezaban a sentirse como una partitura mal escrita.

Al mismo tiempo, en el sótano de "La Madriguera", el ambiente era radicalmente distinto. Dante estaba sentado frente a sus monitores de estudio, con la única iluminación de los leds azules y rojos de su equipo. Tenía los auriculares puestos y los ojos cerrados. En sus oídos, la grabación de la tarde cobraba vida. Escuchó el momento exacto en que Valeria había dejado de tocar con la cabeza para empezar a tocar con las vísceras.

Una sonrisa involuntaria, lenta y cargada de una satisfacción que no tenía nada que ver con el ego profesional, se dibujó en su rostro. Recordó la expresión de ella en ese clímax musical: los ojos cerrados, el cabello desordenado, la máscara de porcelana finalmente rota. Era la imagen más hermosa y honesta que Dante había capturado en toda su carrera. Le dio al botón de repetición una y otra vez, centrándose en un fragmento donde el violín desafiaba la distorsión electrónica con una agresividad puramente humana.

—Ahí estás, Valeria —susurró Dante para sí mismo en la oscuridad del estudio.

Se echó hacia atrás en su silla, dejando que el humo de su cigarrillo se elevara en espirales sobre la mesa de mezclas. Estaba acostumbrado a manipular el sonido para crear hits, para vender una emoción prefabricada. Pero esto era diferente. Lo que había sentido en la mirada de Valeria cuando la música se detuvo no era algo que pudiera samplear o vender. Era una chispa real, un reconocimiento de que ambos, a pesar de sus mundos opuestos, vibraban en la misma frecuencia prohibida.

Mientras Valeria se forzaba a sonreír a Julian bajo las luces de cristal, y Dante se perdía en la grabación entre las paredes de hormigón, ambos comprendieron, sin decir una palabra, que la fusión ya no era solo una cuestión de música. El desorden había entrado en el palacio de cristal, y el silencio de la perfección nunca volvería a ser suficiente.

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