La burbuja de electricidad estática que envolvía a Valeria y Dante estalló con la violencia de una cuerda rompiéndose bajo demasiada tensión. La pesada puerta de la Sala 4 se abrió de golpe, golpeando el tope de madera con un estruendo que resonó en los espejos. Ambos se separaron como si hubieran sido sorprendidos en un crimen; Valeria dio un paso hacia el atril, fingiendo revisar una partitura que ya no leía, mientras Dante se giró bruscamente hacia su consola, ocultando sus manos, que aún temblaban ligeramente.
Julian entró con paso marcial, su presencia gélida y autoritaria reclamando cada centímetro de la habitación. No parecía haber notado el aire cargado de confesiones no dichas, o quizás simplemente decidió ignorarlo bajo el peso de su propia importancia. En su mano derecha ondeaba un sobre de papel crema, un contrato que sostenía con la punta de los dedos como si fuera un trofeo.
—Espero que ese "ruido" que escuchaba desde el pasillo tenga algún propósito —sentenció Julian, mirando de reojo el equipo de Dante con una mueca de superioridad—. Porque ya tenemos nuestra primera aparición pública.
Valeria levantó la mirada, tratando de estabilizar su respiración.
—¿Tan pronto? Aún estamos en fase de experimentación, Julian. No estamos listos para mostrar esto.
—El mercado no espera a que los artistas se sientan "listos", Valeria —replicó él, ignorando su protesta—. Es un evento de caridad en el Centro Cultural de la Ciudad. Una gala de recaudación para una niña de doce años que necesita una intervención quirúrgica de corazón. Una causa noble, o al menos eso dice la prensa.
Dante soltó una risa seca, sin apartar la vista de los monitores.
—Vaya, Julian. No sabía que tenías corazón para la beneficencia. ¿Seguro que no es porque te conviene la deducción de impuestos?
Julian le lanzó una mirada que habría congelado el mercurio.
—Es una estrategia de posicionamiento, Vega. La paga es... simbólica, apenas cubre los gastos logísticos, algo que detesto profundamente, pero la exposición mediática es invaluable para lavar la imagen de este proyecto ante los puristas del teatro. Nos conviene que nos vean como "los salvadores" de una causa humana.
Valeria sintió una punzada de asco. Sabía que Julian despreciaba los eventos donde el beneficio económico no fuera astronómico, y verlo usar la vida de una niña como un escalón en su carrera la hacía sentir cómplice de algo sucio. Sin embargo, no hubo tiempo para protestas.
El evento se llevó a cabo dos días después en un salón pequeño y humilde, lejos del lujo del Teatro Real. El aire era pesado, cargado de la angustia de los familiares y la esperanza de una comunidad que se había volcado a ayudar. Cuando Valeria y Dante subieron al escenario improvisado, la mirada de la niña —pálida pero con ojos llenos de una luz que Valeria no veía en sus espejos— la desarmó por completo.
Tocaron. No fue la perfección técnica que Julian exigía, ni el caos absoluto de Dante. Fue algo intermedio, algo herido y real que hizo que más de un asistente se limpiara las lágrimas. Al finalizar, la madre de la pequeña, una mujer con el rostro marcado por el cansancio y la gratitud, se acercó al pie del escenario con un sobre pequeño, humilde, que contenía el dinero recaudado de las entradas para pagar los "honorarios" pactados por el manager.
Valeria vio, como si fuera en cámara lenta, cómo Julian extendía la mano. Sus dedos finos y cuidados se cerraron sobre el sobre con una frialdad corporativa.
—Gracias, señora. Es un placer contribuir a su visibilidad —dijo Julian con una sonrisa de plástico, guardando el dinero en el bolsillo interior de su saco de cachemira sin pestañear.
Dante, desde atrás, apretó los puños. Valeria sintió que algo se rompía definitivamente dentro de ella. El calor de la actuación se transformó en un incendio de rabia pura. Ignorando el protocolo, ignorando las cámaras de los diarios locales y, sobre todo, ignorando la mirada de advertencia de su prometido, Valeria caminó hacia Julian. Su rostro era una máscara de furia contenida.
—Dámelo —dijo Valeria, con una voz baja que cortaba como un bisturí.
—No seas ridícula, Valeria, estamos trabajando —susurró Julian, tratando de mantener la compostura frente al público.
Sin mediar otra palabra, Valeria metió la mano en el bolsillo de Julian, arrancándole el sobre con una fuerza que hizo que él trastabillara. Se dio la vuelta, dejando a Julian con la boca abierta en un silencio humillante, y se dirigió a la madre de la niña. Le tomó las manos —manos ásperas, manos de verdad— y depositó el sobre en ellas, cerrándolas con firmeza.
—Esto es para el corazón de su hija —dijo Valeria, con los ojos empañados pero la voz firme—. Nosotros no hemos venido aquí por dinero. Hemos venido por ella.
Dante la observaba desde el fondo del escenario, y por primera vez, no vio a la "princesa de cristal". Vio a la mujer que había intuido bajo los acordes rotos de Paganini. Julian, rojo de ira contenida, se dio la vuelta para salir del salón, pero Valeria ya no lo seguía. Se quedó allí, en medio de la gente, sintiendo por primera vez que su música servía para algo más que para alimentar el ego de un hombre que no sabía distinguir un acorde de un billete de banco.
La brecha entre ella y su mundo perfecto se había convertido en un abismo insalvable. Y al otro lado, en las sombras, la mirada de Dante era lo único que la mantenía en pie.