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Capítulo 1: Frecuencias Desafinadas

El despertador de Valeria Santoro no emitía un pitido estridente; era un suave repique de campanas tibetanas que aumentaba de volumen progresivamente a las 5:30 de la mañana. En su apartamento del barrio alto, donde las paredes blancas y los suelos de mármol devolvían un eco pulcro, la luz del amanecer apenas se filtraba por las cortinas de lino.

Valeria se levantó con la precisión de un metrónomo. Su primera acción del día fue sumergir sus manos en un recipiente con agua tibia y sales de Epsom durante exactamente cinco minutos. Sus manos eran su capital, su religión y su cárcel. Mientras las secaba con una toalla de algodón egipcio, examinó cada yema: las pequeñas callosidades en la mano izquierda eran el mapa de su vida, la prueba de miles de horas presionando cuerdas de acero.

Su desayuno fue silencioso. Un té verde matcha y una tostada de centeno consumidos mientras revisaba la partitura de la Partita No. 2 de Bach. No necesitaba el papel para recordarla, la tenía tatuada en su memoria muscular, pero necesitaba la estructura. A las 7:00, comenzó su rutina de estiramientos: cuello, hombros, muñecas. Cada músculo debía estar libre de tensión antes de que el arco tocara la primera cuerda.

Se vistió con un traje sastre de color crema, impecable, y recogió su cabello en un moño tan tirante que acentuaba la palidez de sus pómulos. Antes de salir, se detuvo frente al estuche de su Stradivarius. Lo abrió con la reverencia de quien manipula una reliquia sagrada.

—Hoy no, viejo amigo —susurró, sintiendo una punzada de culpa. Para el ensayo en el conservatorio, llevaría el violín de estudio, uno excelente pero sin alma, como si quisiera proteger su verdadera esencia de la "contaminación" que esperaba encontrar.

Cerró la puerta de su casa con doble llave. El silencio del pasillo era el último refugio antes de la colisión.

A quince kilómetros de allí, el "despertador" de Dante Vega fue el estruendo de un camión de basura golpeando un contenedor bajo su ventana en el Distrito Sur. Dante abrió un ojo y maldijo la luz que se colaba por la persiana rota, iluminando las motas de polvo que bailaban sobre su desordenada colección de vinilos. Eran las 8:45 de la mañana.

Se levantó de la cama —un colchón en el suelo rodeado de cables y pedales de efectos— y caminó descalzo esquivando cajas de pizza vacías y bocetos de ritmos anotados en servilletas. Su ritual no incluía sales minerales ni estiramientos. Dante encendió la cafetera italiana, que soltó un quejido asmático, y esperó a que el líquido negro y espeso estuviera listo mientras encendía un cigarrillo, inhalando el humo como si fuera el oxígeno que le faltaba.

Se duchó con agua helada para despejar la neblina de la noche anterior. Frente al espejo empañado, se pasó la mano por el cabello oscuro y revuelto, decidiendo que no se peinaría. Se puso una camiseta negra lavada tantas veces que el logo de la banda de punk estaba casi borrado, unos vaqueros desgastados y su chaqueta de cuero llena de parches y arañazos.

Antes de salir, buscó su mochila. Dentro arrojó su portátil, una interfaz de audio portátil y un par de controladores MIDI que parecían haber sobrevivido a una guerra. En el bolsillo pequeño, guardó una petaca de metal, por si el día se ponía especialmente insoportable.

Dante se detuvo un momento ante su mesa de trabajo. Había un pequeño sintetizador analógico encendido desde la noche anterior, emitiendo un pulso constante y profundo, un latido que marcaba el ritmo de su vida. Lo apagó con un movimiento brusco.

—Vamos a ver qué tan "intocable" es la princesa de cristal —masculló para sí mismo.

Salió de su loft dando un portazo que hizo vibrar las ventanas de la escalera. En la calle, el ruido del tráfico, los gritos de los vendedores y el ritmo de la ciudad lo envolvieron de inmediato. Era su elemento. Era el desorden que Valeria tanto temía, caminando a paso firme hacia el centro de su mundo perfecto.

A las 9:55, el coche negro de Julian Vane dejó a Valeria frente a las escalinatas de mármol del Conservatorio. Ella subió los escalones con la cabeza alta, su maletín de violín sujeto con firmeza.

A las 9:58, una motocicleta vieja y ruidosa aparcó de forma ilegal justo en la esquina del edificio. Dante se quitó el casco, soltando una bocanada de aire viciado, y observó la fachada neoclásica del conservatorio con una mueca de disgusto.

Ambos cruzaron el umbral de la entrada principal con segundos de diferencia, sin verse aún, pero sintiendo ya que el aire a su alrededor empezaba a cargarse de una electricidad estática que nada tenía que ver con la música.

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