El sol de la mañana se filtró por las rendijas de las persianas de Valeria con una agresividad que le resultó extraña. No había dormido bien. Durante la noche, el silencio de su habitación, ese que siempre había sido su refugio, se vio invadido por ecos distorsionados de sintetizadores y una risa ronca que no lograba sacarse de la cabeza. Sentada en el borde de la cama, se miró las manos. Seguían siendo las mismas manos de una virtuosa, pero por primera vez, sentía que la disciplina que las gobernaba era una armadura que empezaba a pesar demasiado. Pensar en Dante le provocaba una contradicción física: una irritación punzante por su arrogancia y, al mismo tiempo, una curiosidad eléctrica que la hacía sentir culpable. Lo odiaba por su falta de respeto al arte, pero esa chispa de desafío que vio en sus ojos ayer la hacía preguntarse si, tal vez, su propia "perfección" no era más que una jaula dorada. Se vistió con un vestido negro de corte impecable, pero dejó su cabello un poco más sue
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