El Gran Hotel Ivanov resplandecía con su elegancia imperial. Desde el piso más alto, la sala de juntas mantenía un aire de solemnidad y poder.
El cristal blindado permitía una vista panorámica de la ciudad de Moscú, mientras la mesa ovalada de ébano pulido se llenaba de voces formales, presentaciones y portátiles abiertos con gráficos brillando en las pantallas.
Sentada al frente, con la espalda recta, una pierna cruzada sobre la otra y un bolígrafo entre los dedos, Kira Ivanov Valdivia imponía