El japonés se detuvo un instante, con los ojos sobre los de ella. Luego, sin más, soltó un suspiro lento y la dejó sentarse sola en una banca dentro del agua termal.
—No eres una prisionera, Kira. Te llamé innumerables veces. Y me ignorabas. Odio que me ignora. Se que el mensaje te quedó claro.
—¿Y qué clase de mensaje se envía con katanas, gas y dardos en el cuello?
Satoru no respondió al instante. Se sentó frente a ella, sin pudor alguno por estar también desnudo.
—Uno que dice que el mundo n