Konstantin apenas alcanzó a sujetarse de la cintura de Kira cuando ella aceleró de golpe en la próxima esquina.
El rugido de la motocicleta atravesó la avenida como una flecha negra y peligrosa.
La ciudad de Moscú se extendía frente a ellos como un tablero de ajedrez, pero Kira jugaba con las reglas de una reina salvaje.
—¡¿Estás loca?! —grita Konstantin contra el viento, mientras ella zigzaguea entre autos y camiones sin bajar la velocidad.
—¡Agárrate, Vólkov! No quiero tener que limpiar tu sa