La herida que respiraba

​—También te conozco a ti, y aunque intentes hacerme dudar, no lo vas a lograr. Si él sabe dónde estoy —dije, luchando por mantener la voz estable—, su silencio debe tener una razón que no me corresponde juzgar desde aquí.

​—¿Tanto lo amas? —La pregunta llegó como una sentencia. Su mirada se endureció, regresando a mí como rayos X que escaneaban hasta el fondo.

​—Sí —respondí sin dudarlo.

​El pánico destelló en sus ojos; pestañeó varias veces, incrédulo ante la firmeza de mi respuesta.

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