Las pesadas puertas cedieron de par en par, y con ellas, el eco de la música festiva que intentaba romper el silencio quedó sepultado de golpe.
Adentro, el bullicio de los corrillos y los murmullos venenosos se apagaron en seco. El aire pareció congelarse. Al unísono, decenas de rostros, desde las matronas más encumbradas hasta las herederas más jóvenes, giraron la cabeza hacia la entrada con una lentitud incrédula. Las manos se alzaron automáticas para tapar las bocas abiertas en una mueca