Diego Entré en la villa como un huracán, rompiendo el silencio sagrado de los pasillos. —¡Melani! —mi voz rebotó en las paredes de mármol, pero no hubo respuesta. Subí las escaleras de dos en dos, con el corazón martilleando contra mis costillas. Entré en nuestra habitación, en su vestidor, incluso en el baño, esperando encontrarla allí, quizás llorando, quizás enfurecida, pero presente. Nada. La cama estaba perfectamente hecha, fría, como si nadie hubiera dormido en ella en años. El pánico, ese sentimiento que siempre consideré una debilidad de hombres inferiores, me atenazó la garganta. Bajé al despacho y llamé a seguridad. Estaba fuera de mí. —Búsquenla. Revisen las cámaras de la Ópera, los registros de los taxis. Quiero saber dónde está la señora Von Seidl ahora mismo —ordené, colgando sin esperar confirmación. Me quedé en mi escritorio, con la mirada fija en el reloj de pared. Los segundos caían como gotas de plomo. Una hora después, el teléfono vibró. Era el inf
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