Elena no supo cómo logró terminar la jornada laboral, pero en cuanto el reloj marcó la hora de salida, juntó sus cosas y huyó de la oficina. Al llegar a su departamento, la soledad del ambiente la recibió como un bálsamo. Sin embargo, la tregua duró poco: el timbre interrumpió el silencio. Al abrir la puerta, Julián estaba parado en el palier, con la corbata floja y la mirada cargada de una angustia genuina que no admitía más rodeos corporativos.
—Elena, por favor, no me cierres. Necesitam