Rompió el alba.
La luz del amanecer se coló por los ventanales altos como una cinta pálida, lavando los contornos del mármol y disipando, poco a poco, las sombras acumuladas durante la noche. El aire, aunque más tibio, seguía cargado de tensión. Nadie había dormido.
No hubo novedades del intruso. Ningún rastro en los accesos, ninguna huella en los pasillos, ningún movimiento registrado por las cámaras.
Porque las cámaras —justo las que cubrían el exterior de la habitación de Catalina— habían si