Catalina ya sabía que los nuevos guardias habían sido marcados. La ceremonia había concluido, el templo recuperaba su ritmo habitual y, como cada año, el silencio posterior dejaba una huella difícil de borrar. No era tristeza. Era algo más profundo. Un eco. Una vibración sutil que persistía en los muros, como si el fuego sagrado registrara cada promesa pronunciada bajo su luz.
Desde una de las galerías altas, donde el mármol formaba una curva perfecta hacia el patio, Catalina observó sin ser v