A solo unos días de mi llegada a vivir a Montreal con Miranda, obtuve las primeras respuestas a mi petición de divorcio. John mismo se presentó en la mansión y en mi habitación, con el primer análisis del caso.
Pero las noticias no fueron lo que ninguno de los dos esperaba.
—No podemos usar el adulterio como causal de divorcio, Hannah.
Me incorporé en la cama.
—¿Qué?
John expiró con agotamiento y, desde la silla donde se hallaba sentando, agachó la cabeza y unió las puntas de los dedos.
—Es des