Lo primero que hizo Adam al llegar hasta donde Sabine y yo nos encontrábamos, fue usar su brazo sano para jalarme y colocarme detrás suyo. El aroma amaderado de su colonia, tan parecido al perfume sensual de su exmujer, invadió mis sentidos cuando se plantó frente a ella.
Mi aturdimiento era tanto que no hice nada y tampoco hablé cuando su voz defensiva rompió la quietud de la noche.
—¿Qué tratas de hacer, Sabine? —indagió duramente—. Te pedí expresamente mantenerte lejos de mi matrimonio.
La no