58. Voy a hacer que sonrías
Quería prometerle que todo había terminado, pero sabía que no podía.
Le quitó suavemente la frazada de la cara después de arrodillarse a un lado de la cama.
—Rashel, mírame —dijo con suavidad—. Estoy aquí.
Ella abrió los ojos apenas.
Sus pupilas estaban dilatadas, como si el mundo le doliera.
Apartó los mechones que estaban cubriendo su bonito rostro pero ella no respondió de inmediato.
Solo abrió un poco los ojos, dejando que la tenue luz de la luna revelara la fragilidad en la que se encontr