51. ¿Por qué sigo viva y tú no?
RASHEL
Dina la empujó con fuerza y sus muñecas ardieron ante la tensión de las cadenas, pero Rashel lo ignoró todo.
“Mi hijo…”
La frase flotó en el aire, apenas un susurro que ni siquiera sus labios se atrevieron a pronunciar.
Una lágrima se deslizó por su mejilla sin permiso, tibia, solitaria.
Luego otra.
—¿Ves? —siseó Dina—. Es una estúpida, se le murió el bastardo en su vientre y ahora llora como una loca.
Un hombre extranjero caminó hacia ambas, era alto, con una cicatriz en la mejilla, so