El amanecer se colaba entre las persianas con una luz fría y tenue, como un recordatorio de que, aunque el mundo siguiera girando, las batallas internas apenas comenzaban para Samara y Lucca. La calma del apartamento parecía un refugio efímero frente al torbellino que agitaba sus pensamientos y emociones.
Samara despertó primero. El silencio era absoluto, salvo por el leve murmullo de los bebés que dormían en sus cunas improvisadas. Su mirada se posó en Lucca, todavía dormido, con una expresión