El día había comenzado con una inusual tranquilidad. El sol bañaba los jardines con una luz dorada, y el aire estaba tibio, perfumado con lavanda. Samara caminaba con los mellizos en brazos por la terraza, descalza, tarareando una melodía que Lucca le había enseñado. Cada tanto, se detenía para que los niños pudieran tocar las hojas, reírse con los rayos del sol o balbucear palabras que apenas eran sonidos.
Lucca los observaba desde la puerta. Su mundo —tan fragmentado y caótico por años— tenía