La madrugada se había vuelto un manto oscuro y silencioso que cubría la ciudad, pero dentro del apartamento de Samara y Lucca, la calma era solo una ilusión. La luz tenue de las lámparas proyectaba sombras largas sobre las paredes, mientras el sonido leve del respirador de uno de los bebés, dormidos en sus cunas, resonaba como un pequeño latido de esperanza en medio de la noche. Pero en la quietud, había una tensión palpable, un susurro constante de peligro que los dos podían sentir bajo la pie