El cielo amaneció sin nubes. Después de semanas de tormenta —externa e interna—, el aire estaba más limpio, más suave. La luz acariciaba los árboles del jardín con una calidez inusual, como si la tierra respirara de nuevo, libre de peso.
Samara lo notó al despertar.
El silencio en la casa ya no era tenso ni expectante. Era pleno. Solo roto por los gorjeos tempranos de los bebés desde la habitación contigua. Se sentó en la cama y se permitió una sonrisa. Lenta. Sincera.
Lucca dormía aún, con el