La mañana siguiente al juicio fue distinta a cualquier otra. No por la luz suave que se filtraba por los ventanales de la finca De Laurentis, ni por el inusual silencio que parecía abrazar la casa, sino por la sensación interna de que algo profundo había cambiado.
Lucca se despertó con Samara acurrucada a su lado, sus dedos entrelazados como si fueran raíces aferrándose al mismo suelo. Era la primera vez, después de tantos meses —o quizá años—, que sentía la ausencia total del miedo. No había a