Maia no sabía cuántas cosas Théo ya había arrojado al suelo del cuarto. Desde que habían llegado a casa, él ya había lanzado un jarrón contra la pared, tirado la mesita de noche, pateado la mesa de centro y arrojado un cuadro por la ventana.
Estaba en duda si seguir allí o encerrarse en su cuarto hasta que él se calmara. Pensando que la segunda opción sería la más sensata, comenzó a caminar lentamente en dirección a sus aposentos, pero tuvo que detenerse al escuchar su voz grave.
—No se mueva,