Mundo ficciónIniciar sesiónDante no dijo nada. La miró en la oscuridad — los ojos marrones que buscaban los suyos, el cabello suelto sobre los hombros, esa expresión que mezclaba la vulnerabilidad de alguien que admite algo difícil con la certeza de alguien que sabe exactamente lo que quiere.
Se incorporó despacio y la tomó de la mano, tirando de ella hacia la cama con suavidad.
Valentina se dejó llevar sin dudar.
Dante la recostó sobre la cama y se posicionó sobre ella sin cargar todo su peso, y la miró un momento antes de besarla, un beso largo y apasionado que ella correspondió colocando las manos en su cuello y cerrando los ojos disfrutando del beso de Dante.
Comenzaron a quitarse la ropa sin dejar de besarse mientras Valentina acariciaba lentamente los pectorales marcados de Dante, al estar ambos desnudos los besos de Dante bajaron de sus labios a su cuello y pecho lamiendo y chupando sus pezones, mientras su manos jugueteaban con su entrada haciendo que Valentina soltara gemidos de placer
— Ahh Dante no jueges ahh conmigo porfavor — Decía Valentina entre gemidos.
— Dime que quieres que haga? Si no me lo dices no puedo saber — le decía Dante sin dejar de jugar con sus dedos y besándola.
— Ahh te quiero a ti adentro mío ahora —- Dijo Valentina sin dejar de gemir de placer.
Dante no perdió más el tiempo, sacó sus dedos y de una sola estocada se hundió en ella. Su embestidas fueron lentas al principio y luego fueron subiendo de intensidad, entraba y salía sin dejar de besarla, al ambos llegar al clímax Dante dejó toda su semilla en el interior de Valentina.
La noche avanzó con ellos entregándose al placer una y otra vez, hasta que al amanecer ambos cayeron agotados, durmiendose al instante, Valentina recostada sobre el pecho de Dante y él con una pequeña sonrisa de satisfacción.
A la mañana siguiente Valentina bajó tarde.
Dante estaba en el despacho de la mansión cuando la escuchó en la biblioteca — el sonido de un cajón abriéndose, luego silencio, luego sus pasos cruzando el pasillo.
Entró con una carpeta en la mano.
Él la reconoció de inmediato pero esperó.
Valentina pasó las páginas despacio, con una expresión que iba cambiando mientras leía, y cuando levantó la vista hacia él había algo en sus ojos que no era del todo tranquilidad.
—Nuestro matrimonio fue un contrato —dijo. No como una pregunta sino como alguien que está procesando algo en voz alta.
Dante se levantó despacio y se acercó. Ella no retrocedió, lo miró con el documento en la mano y esa expresión suya de siempre — buscando algo en su cara.
—¿Para vos este matrimonio sigue siendo un contrato? —preguntó ella
Dante se detuvo frente a ella, muy cerca de su oído, y habló en voz baja mirándola directamente a los ojos.
—No hay ningún contrato, Valentina. Nunca lo hubo. Esto fue una decisión de los dos. Siempre lo fue. — Le dijo él en un susurro como si contara un secreto.
Ella lo miró con esa expresión flotante, suave, como alguien que reorganiza sus propios recuerdos en tiempo real.
—Sí —dijo, en voz baja. —Es verdad.
Dante extendió la mano despacio y le tomó el documento de entre los dedos con suavidad. Ella lo dejó ir sin resistencia, con los ojos todavía en su cara.
Lo rompió.
Los pedazos cayeron sobre el escritorio y Valentina los miró un momento, y lo que había en su cara era algo parecido a la calma — la de alguien que acaba de soltar un peso que cargaba sin saberlo.
Se giró y salió del despacho sin decir nada más.
Dante se quedó solo mirando los pedazos sobre el escritorio.
Valentina ya no recordaba el contrato.
Y lo más inquietante era que había aceptado la nueva versión de su historia sin dudar ni un segundo.
Dante bajó la vista hacia los restos del papel roto.
Después de todo, quizá Reyes había subestimado por completo el verdadero alcance del compuesto.







