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Capítulo 9: El peso del apellido

Valentina se había acostumbrado a despertarse en la cama de Dante, y en los últimos días eso había dejado de sentirse como algo excepcional para convertirse en una necesidad que no terminaba de nombrar pero que su cuerpo reconocía antes que su cabeza.

Esa mañana abrió los ojos y él no estaba. El lado de la cama donde dormía estaba frío, lo que significaba que llevaba horas levantado, y esa ausencia le dejó una incomodidad leve, persistente, como algo que debería estar y no estaba.

Se levantó, se vistió y bajó.

Voces en el despacho. La puerta estaba entornada y Valentina se detuvo en el pasillo sin intención de escuchar, pero las palabras llegaron igual.

—Lo encontramos en Monterrey —dijo Marcos—. Estamos esperando instrucciones.

—¿Habló? —la voz de Dante era completamente plana.

—Lo suficiente.

Hubo un silencio breve.

—Que terminen. Y que el padre reciba lo que quedó en una caja con mi nombre. Quiero que sepa exactamente quién tomó la decisión.

Valentina no se movió.

No era sorpresa. No era rechazo. Sabía perfectamente quién era Dante y en qué mundo se movía, lo había sabido siempre, pero escucharlo así, sin matices, sin suavizarlo, lo volvía concreto de una forma distinta, más cercana, más imposible de ignorar.

Y aun así, no retrocedió.

Entró.

Marcos la vio primero y se puso de pie automáticamente. Dante se giró apenas un segundo después, evaluándola con esa mirada suya que nunca daba más de lo necesario.

—Eso es todo —dijo.

Marcos asintió y salió.

El silencio quedó entre ellos, cargado pero estable, como si ambos entendieran que lo que acababa de pasar no necesitaba explicación sino una reacción.

—¿Cuánto escuchaste? —preguntó Dante.

—Lo suficiente.

Dante sostuvo su mirada un momento, esperando algo.

Valentina lo miró de vuelta sin apartarse, sin incomodarse, y en lugar de cuestionarlo o alejarse, cruzó la habitación directamente hacia él, rodeó el escritorio y, sin pedir permiso, se sentó en sus piernas como si fuera el gesto más natural del mundo.

Dante no se movió.

Solo la miró.

Valentina apoyó una mano en su hombro, la otra en el escritorio, y sostuvo su mirada con una calma que no era ingenua ni ignorante, sino completamente consciente.

—No me sorprende —dijo, en voz baja.

No era un reproche.

Era una aceptación.

Dante la observó unos segundos más, como si estuviera midiendo hasta dónde llegaba eso.

—No deberías acostumbrarte a esto —dijo.

—No me estoy acostumbrando —respondió ella, sin apartar la mirada—. Ya lo sabía.

El silencio que siguió fue distinto.

Más cerrado. Más íntimo.

Valentina no se movió de su lugar, no bajó la mirada, no rompió el contacto, y Dante apoyó una mano en su cintura casi sin darse cuenta, sosteniéndola ahí, como si ese lugar ya le perteneciera.

—¿Y eso no cambia nada? —preguntó él.

Valentina negó apenas.

—No.

Y no era mentira.

Se inclinó lo justo para rozar su boca con la de él, un gesto breve, contenido, pero suficiente para cambiar el aire entre los dos, y cuando se separó no se fue, se quedó ahí, cerca, como si no hubiera ningún otro lugar donde quisiera estar.

La mañana continuó en el despacho con esa cercanía instalada de forma natural. Valentina no volvió al sillón, se quedó con él, moviéndose dentro de su espacio sin pedir permiso, tocándolo sin pensarlo demasiado, interrumpiendo su concentración de formas pequeñas que no parecían molestarle tanto como deberían.

A media tarde, el teléfono de Dante sonó.

Miró la pantalla.

Marcos.

—Decime.

—Lo de los Velarde está resuelto —dijo—. El mensaje llegó.

—Bien.

—Pero Reyes necesita que vengas al cuartel. Hay un tema con el compuesto… y también tenemos que revisar unos cargamentos.

Dante se quedó en silencio un segundo.

—Voy para allá.

Cortó.

Valentina lo miraba.

Dante se levantó y ella lo hizo con él, pero no fueron al cuartel juntos, Valentina le dio un suave beso en los labios antes de que se fuera.

— No tardes mucho, te extraño cuando te vas mucho tiempo — Le dijo ella.

— Volveré cuanto antes — le dijo Dante para después salir de la mansión.

El cuartel estaba en movimiento cuando llegaron. Hombres entrando y saliendo, conversaciones cortas, decisiones que no se explicaban porque no hacía falta.

Era otro mundo.

Reyes ya lo estaba esperando. Marcos estaba con él.

—Señor Ferreira —dijo Reyes.

Dante asintió.

—Hablá.

Reyes fue directo.

—El compuesto está funcionando como esperábamos en la mayoría de los casos, pero tuvimos un problema en Ciudad de México. Uno de los distribuidores decidió duplicar la dosis para acelerar el proceso.

Dante no reaccionó de inmediato.

—¿Resultado?

—Dependencia extrema. El sujeto no puede funcionar sin la presencia de la persona designada. No es estable… y es detectable.

Silencio.

—Inservible —dijo Dante.

—Exacto —respondió Reyes—. La dosis estándar sigue siendo limpia, no deja rastro, el cambio se percibe como natural.

Dante asintió levemente.

—Entonces no se cambia el protocolo. Sin excepciones.

—Sí, señor.

—Y el comprador —añadió Dante, mirando a Marcos— no vuelve a cometer el mismo error.

Marcos entendió sin necesidad de más palabras.

—Ya me encargo.

Reyes asintió y dio un paso atrás.

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