Valentina abrió los ojos y tardó un segundo en ubicarse.
La habitación no era la suya, era la que ahora compartia con Dante y el estaba de pie junto al armario abotonándose la camisa con esa eficiencia suya de siempre, el cabello negro todavía húmedo.
—Buenos días —dijo él sin girarse, porque la había escuchado moverse.
—Buenos días. —Ella se incorporó despacio, con el cabello rubio tirando a castaño revuelto sobre los hombros, y lo miró terminar de vestirse desde la cama.
Bajaron juntos. Valen