Mundo ficciónIniciar sesiónValentina abrió los ojos y tardó un segundo en ubicarse.
La habitación no era la suya, era la que ahora compartia con Dante y el estaba de pie junto al armario abotonándose la camisa con esa eficiencia suya de siempre, el cabello negro todavía húmedo.
—Buenos días —dijo él sin girarse, porque la había escuchado moverse.
—Buenos días. —Ella se incorporó despacio, con el cabello rubio tirando a castaño revuelto sobre los hombros, y lo miró terminar de vestirse desde la cama.
Bajaron juntos. Valentina sirvió el café mientras él revisaba el teléfono de pie junto a la isla, y se sentó en la silla más cercana a la de él sin pensarlo, no en el extremo opuesto de la mesa donde siempre se había sentado en los últimos cuatro años. No lo notó. O lo notó y no le encontró ningún significado particular.
Desayunaron en silencio, del tipo que no necesita llenarse de nada.
Cuando terminaron Dante dejó la taza en la isla y dijo: —Esperame un momento.
Fue a su despacho y volvió con una carpeta que Valentina reconoció de inmediato aunque su cerebro tardó un segundo en procesar por qué la reconocía.
—Firmé el divorcio esta mañana —dijo él, dejándola sobre la mesa frente a ella.
Valentina la miró. La abrió despacio, pasó las páginas, y frunció el ceño con una expresión genuinamente confundida, como si estuviera leyendo algo que no tenía nada que ver con ella.
—No sé de qué hablás —dijo finalmente.
—La carpeta del divorcio. La que preparaste.
—Dante, yo no quiero el divorcio. —Lo dijo con la naturalidad de quien anuncia un hecho que no necesita explicación, cerró la carpeta y se levantó. Se acercó a él y lo abrazó — completo, con la cara en su cuello, sin tentatividad. —¿Por qué querría el divorcio?
Él la rodeó con un brazo y una sonrisa pequeña cruzó por su cara sin que nadie la viera.
—Me confundí —dijo.
Valentina se separó, lo miró, y volvió a su taza como si el tema estuviera completamente cerrado.
—¿A dónde vas? —preguntó, cuando lo vio tomar el saco del respaldo de la silla.
—A la empresa. Es lunes.
—¿Puedo ir?
Dante la miró. —Vení.
Ferreira Group ocupaba los últimos cuatro pisos de uno de los edificios más altos del centro — vidrio, acero, el tipo de arquitectura que no necesita explicar lo que representa. Valentina entró con él por la entrada principal y sintió las miradas de los empleados en el lobby siguiéndolos, esa deferencia automática que la gente le daba a Dante en cualquier espacio que ocupaba.
Camila los esperaba en el ascensor con la tablet en la mano y esa eficiencia suya que no perdía el ritmo ante nada, pero cuando vio a Valentina a su lado algo en su expresión cambió levemente — no sorpresa exactamente, sino el ajuste rápido de alguien que procesa información nueva y la incorpora sin comentarios.
—Buenos días, señor Ferreira. —Luego miró a Valentina. —Señora Ferreira, bienvenida.
—Camila. —Valentina la saludó con una sonrisa breve y directa.
—Tiene la reunión con el equipo legal a las diez —continuó Camila, dirigiéndose a Dante mientras el ascensor subía. —A las doce el representante de Rossini insiste en hablar sobre el plazo de la adquisición. Y Marcos llamó, dice que cuando usted pueda lo llame.
Si bien Camila no sabía nada sobre la mafia, sabía que Marcos era un amigo de Dante y que también se encargaba de muchos negocios a nombre de él.
—La reunión legal se hace. A Rossini le decís que tiene hasta el jueves para traer algo que valga mi tiempo. Y a Marcos lo llamaré más tarde. —Las puertas se abrieron y Dante salió primero, con Valentina a su lado y Camila detrás. —¿Algo más?
—Nada urgente.
—Bien.
Camila se retiró y Dante abrió la puerta de su oficina — amplia, con los ventanales mirando la ciudad, el escritorio de roble con tres pantallas y pilas de documentos ordenados con precisión. Valentina entró detrás de él y miró el espacio con esa atención suya que evaluaba todo antes de comentar nada.
—Es más grande de lo que imaginaba —dijo.
—¿Qué imaginabas?
—No sé. Algo más... contenido. —Lo miró. —Acá sos diferente.
—¿Diferente cómo?
—Más serio. —Lo dijo sin adornos, como una observación, y se sentó en el sillón frente al escritorio con las piernas cruzadas como si llevara años haciéndolo en ese espacio.
Dante la miró un segundo antes de sentarse detrás del escritorio y abrir la primera pantalla.
Trabajaron así durante la mañana — él en sus reuniones y sus llamadas, ella en el sillón con el teléfono o simplemente mirando la ciudad por los ventanales, moviéndose por el espacio con una comodidad que no había pedido permiso para instalarse.
A las tres Dante tuvo una llamada que necesitaba privacidad y le pidió a Valentian que esperara afuera. Valentina llegó hasta la puerta, se detuvo en el umbral y lo miró.
—¿Tardaras mucho? — le pregunto
—Veinte minutos. — respondió él.
Asintió y salió, pero dejó el teléfono sobre el sillón. Como si supiera que iba a volver.
Dante miró el teléfono en el sillón vacío antes de contestar la llamada, y pensó que había cosas que el compuesto generaba y cosas que no, y que estaba encontrando cada vez más difícil saber cuáles eran cuáles.
Cuando llegaron a casa a eso de las siete, Dante fue a su despacho a revisar algunos asuntos de la mafia cuando Valentina llegó y lo abrazó desde atrás y apoyó la cabeza en la suya un momento, sin decir nada, con esa desesperación silenciosa en los bordes que a Dante le resultaba cada vez más difícil de sostener desde adentro.
—¿Estás bien? —preguntó él.
—Sí. —Se separó y lo miró. — Solo me gusta estar cerca tuyo, me da tranquilidad.
Dante la miró, la tomó de la mano y la sentó en sus piernas.
— Entonces quedate acá conmigo, no hace falta que te vayas — Le dijo Dante acariciando su mejilla.
Había ganado.
Eso era lo que se dijo.
Pero tenía a Valentina sentada en sus piernas pidiéndole que no la dejara irse, y algo en eso no se sentía como una victoria.







